La vida de Don José Jiménez Marín
no se entiende sin la Esperanza. Hoy, cuando lo despedimos, no hablamos de un
final, sino de una vida entregada que esperamos que culmine en la Resurrección.
Nació en Aguilar de la Frontera,
en el seno de una familia humilde y numerosa, donde aprendió pronto el valor
del esfuerzo y la caridad. De su infancia recordaba con sencillez cómo salía
por las calles vendiendo hojaldres para ayudar en casa. Aquel niño trabajador y
generoso ya estaba siendo formado, sin saberlo, para el don total.
Siendo aún joven ingresó en el
Seminario San Pelagio. Pero su corazón estaba inquieto, tocado por el Espíritu
misionero. El anhelo de la misión ad gentes lo llevó a dar un paso decisivo:
ingresar en el noviciado de los Padres Javerianos. Tras los estudios y la
formación propia de la congregación, fue ordenado sacerdote misionero javeriano
en Parma (Italia), el 27 de septiembre de 1970.
Desde el inicio de su ministerio,
la Iglesia confió en él importantes tareas formativas y pastorales. Fue vicerrector
del Seminario Menor de Guernica, rector del Seminario y ecónomo de la comunidad
de Teología Javeriana en Pozuelo de Alarcón, y cofundador del Centro de
Animación Misionera de Murcia. Siempre al servicio de la vocación, siempre
alentando a otros a salir, como él, sin miedo.
Por motivos familiares, y para
cuidar de sus hermanas, regresó a su tierra natal. En 1998 se estableció en Aguilar
de la Frontera, que lo acogió de nuevo como a un hijo. Fue párroco del
Santísimo Cristo de la Salud y capellán del Monasterio de San José y San Roque
de las Carmelitas Descalzas. Más tarde, administrador parroquial de Nuestra
Señora del Carmen. Desde allí, con su alegría contagiosa y su fidelidad
incansable, colaboró activamente en la vida pastoral del pueblo, convirtiéndose
en un referente cercano y querido.
Su ministerio continuó en
Monturque y Huertas Bajas como párroco de San Mateo Apóstol y San Antonio de
Padua, y más tarde en Vereda del Cerro Macho, al frente de la Inmaculada
Concepción. En 2008 se incardinó definitivamente en la Diócesis de Córdoba, y
siguió sirviendo como administrador parroquial en Montemayor y de nuevo en
Huertas Bajas, sin perder nunca el pulso del pastor sencillo y disponible.
La alegría era su sello. Y
también el cante. Con su voz potente y su creatividad, puso la música y la
cultura al servicio del Evangelio, componiendo letrillas y canciones para la
liturgia, convencido de que la fe también se canta y se celebra.
Fue sacerdote cercano, pastor con
olor a oveja. Nunca olvidó a nadie en el dolor ni en el sufrimiento. Estuvo presente
en tantas cabeceras de cama, animando siempre a mirar al Resucitado y a vivir
incluso la cruz con esperanza.
Aun cuando la salud comenzó a
fallar, don José no olvidó nunca su horizonte sacerdotal. En sus últimos años,
ya sin ser capellán del Monasterio de San José y San Roque, convirtió su casa
en un pequeño cenáculo, un lugar de encuentro donde seguía celebrando la
Eucaristía con amigos y antiguos feligreses, haciendo de cada misa un acto de
gratitud y entrega.
Y sigue cantando, ahora, en el cielo.
Pablo Lora Blasco,
sacerdote
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