martes, 17 de febrero de 2026

DON JOSÉ JIMÉNEZ MARÍN, MISIONERO DE LA ALEGRÍA

La vida de Don José Jiménez Marín no se entiende sin la Esperanza. Hoy, cuando lo despedimos, no hablamos de un final, sino de una vida entregada que esperamos que culmine en la Resurrección.

Nació en Aguilar de la Frontera, en el seno de una familia humilde y numerosa, donde aprendió pronto el valor del esfuerzo y la caridad. De su infancia recordaba con sencillez cómo salía por las calles vendiendo hojaldres para ayudar en casa. Aquel niño trabajador y generoso ya estaba siendo formado, sin saberlo, para el don total.

Siendo aún joven ingresó en el Seminario San Pelagio. Pero su corazón estaba inquieto, tocado por el Espíritu misionero. El anhelo de la misión ad gentes lo llevó a dar un paso decisivo: ingresar en el noviciado de los Padres Javerianos. Tras los estudios y la formación propia de la congregación, fue ordenado sacerdote misionero javeriano en Parma (Italia), el 27 de septiembre de 1970.

Desde el inicio de su ministerio, la Iglesia confió en él importantes tareas formativas y pastorales. Fue vicerrector del Seminario Menor de Guernica, rector del Seminario y ecónomo de la comunidad de Teología Javeriana en Pozuelo de Alarcón, y cofundador del Centro de Animación Misionera de Murcia. Siempre al servicio de la vocación, siempre alentando a otros a salir, como él, sin miedo.

Hasta que llegó el día en que pudo cumplir su gran sueño: ir a la misión. Colombia lo esperaba, y allí don José se gastó y desgastó sin reservas. Fue vicario parroquial en las parroquias del Sagrado Corazón y Cristo Redentor de Buenaventura, delegado episcopal de la Movilidad Humana, y más tarde párroco de San Francisco Javier en Cali. Evangelizó, acompañó, defendió al más vulnerable y amó profundamente a aquel pueblo bendito que le conquistó para siempre el corazón. Colombia nunca lo abandonó, porque quien ama de verdad, nunca se va del todo.

Por motivos familiares, y para cuidar de sus hermanas, regresó a su tierra natal. En 1998 se estableció en Aguilar de la Frontera, que lo acogió de nuevo como a un hijo. Fue párroco del Santísimo Cristo de la Salud y capellán del Monasterio de San José y San Roque de las Carmelitas Descalzas. Más tarde, administrador parroquial de Nuestra Señora del Carmen. Desde allí, con su alegría contagiosa y su fidelidad incansable, colaboró activamente en la vida pastoral del pueblo, convirtiéndose en un referente cercano y querido.

Su ministerio continuó en Monturque y Huertas Bajas como párroco de San Mateo Apóstol y San Antonio de Padua, y más tarde en Vereda del Cerro Macho, al frente de la Inmaculada Concepción. En 2008 se incardinó definitivamente en la Diócesis de Córdoba, y siguió sirviendo como administrador parroquial en Montemayor y de nuevo en Huertas Bajas, sin perder nunca el pulso del pastor sencillo y disponible.

La alegría era su sello. Y también el cante. Con su voz potente y su creatividad, puso la música y la cultura al servicio del Evangelio, componiendo letrillas y canciones para la liturgia, convencido de que la fe también se canta y se celebra.

Fue sacerdote cercano, pastor con olor a oveja. Nunca olvidó a nadie en el dolor ni en el sufrimiento. Estuvo presente en tantas cabeceras de cama, animando siempre a mirar al Resucitado y a vivir incluso la cruz con esperanza.

Aun cuando la salud comenzó a fallar, don José no olvidó nunca su horizonte sacerdotal. En sus últimos años, ya sin ser capellán del Monasterio de San José y San Roque, convirtió su casa en un pequeño cenáculo, un lugar de encuentro donde seguía celebrando la Eucaristía con amigos y antiguos feligreses, haciendo de cada misa un acto de gratitud y entrega.

 

Descansa en la paz del Señor.
Y sigue cantando, ahora, en el cielo.

Pablo Lora Blasco, sacerdote




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